A muchos les podrá parecer exagerada esta afirmación, pero no dudo en señalar que el disco más importante en la historia del rock colombiano es El Dorado, de Aterciopelados. Dicho esto, aclaremos un punto: Si me preguntan en lo personal si este es mi álbum favorito dentro del catálogo de la música contemporánea de este país, les diré que ni siquiera es mi compilado favorito dentro de la discografía de los mismos Aterciopelados (yo, en lo personal, siempre elegiré Caribe Atómico, material redondo sin falla, de sonido vanguardista y con una canción inmensa como es Maligno, que contiene el mejor momento guitarrero que he escuchado en producción alguna por estos lares). Pero, insisto: El Dorado fue uno de los verdaderos puntos de partida para comenzar a hablar seriamente del rock colombiano. Lo anterior a esta producción, hasta ese instante, puede verse como un cúmulo de anécdotas, de hechos fortuitos e interesantes sin mucho impacto y de un montón de intentos fallidos  para sacar las cosas adelante. Todo eso, igual, sirvió para cimentar lo que se venía, nunca se actuó en vano. Se los voy a poner en términos músicales: Antes del segundo álbum de Aterciopelados, la escena rockera local era un demo con muchas esperanzas y ganas de salir adelante. El Dorado fue el primer paso seguro a la profesionalización y la internacionalización del nuevo sonido colombiano. 

Pero lo que digo no sólo está basado en resultados de ventas, estadísticas en las radios u otras cosas en las que se apoyan en los reportes de farándula o chismes de la industria musical. A estas alturas, al volver a escuchar este compilado de 16 canciones (incluyendo una reversión de su primer éxito, Mujer Gala, incluido inicialmente en su primer disco, Con el corazón en la mano) y, no importando a qué generación pertenezca cada uno de los oyentes del momento, todos o casi todos alcanzamos a reconocer varias de esas tonadas y las relacionamos con momentos de nuestra vida. Aterciopelados ha hecho parte vital desde 1995 (y antes) de la banda sonora de los colombianos.

Permítanme una anécdota personal a estas alturas de la crónica: Unos meses después de publicado El Dorado, me fui a estudiar Técnicas de Grabación de Audio a Buenos Aires, y al llegar, en pleno verano austral, sonaba casi hasta el cansancio Florecita Rockera en las principales emisoras. No lo podía creer. Era chistoso decirle a mis compañeros de clase en la escuela que yo conocía a Héctor y Andrea, poniendo la misma cara de satisfacción que hubiera aplicado si les estuviera contando que entre mis amistades estaba David Bowie o Johnny Marr. Unos meses luego, Aterciopelados tocó en Buenos Aires, al lado de los chilenos Los Tres, en un sitio llamado Dr. Jeckyl. Obviamente hice toda la lagartería de ir al hotel a saludarlos y luego de la presentación ir de juerga por la ciudad. Esa noche fui un groupie más. Ese día sentí orgullo estando al lado de los verdaderos embajadores de nuestra comunidad musical, pisando territorio ajeno.

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Veinticinco años después me pongo a pensar y caigo en cuenta que esa ventana no se hubiera podido abrir de ese modo si no fuera por Andrea Echeverry. Quienes tenían que venir a romper con la incertidumbre de la música bogotana de esa época debían tener al frente una mujer poderosa, lejana a los convencionalismos, de discurso sólido y con carisma suficiente como para inspirar a la gran masa de aficionadas que, hasta ese instante, no tenían una figura rockera en la cual inspirarse. El rock bogotano a comienzos de los años noventa parecía el «Club de Toby». Era un gremio excesivamente masculino, con demasiadas expresiones chauvinistas por parte de aquellos que subían al escenario a tratar de demostrar que la tenían más larga que el otro.  Demasiada testosterona como para llamar la atención de las mujeres aficionadas a la música. El día que Aterciopelados se presentó al lado de Caifanes en una plaza de toros de La Santamaría llena hasta las banderas, vi por primera vez miles de chicas gritar «Se fajo Andrea, se fajó». Ella era la ídola, la que mandaba la parada, Fue a ella a quien todas esas chicas fueron a celebrar. Fue ella quien ayudó a sacudir los prejuicios que existían sobre el talento femenino en la industria discográfica colombiana, más sobre sus sectores más alternativos.  Sin Andrea, posiblemente no tendríamos en escenarios internacionales a artistas como Li Saumet, de Bomba Estéreo o Catalina García, de Monsieur Periné, por poner los ejemplos más exitosos.

En fin, hace veinticinco años se comenzó a consolidar el movimiento alternativo colombiano y hoy por hoy, con todas las dificultades vividas, y a pesar de la incredulidad de propios y extraños, debemos decir que desde ese entonces Colombia, poco a poco, se ha convertido en uno de los centros más relevantes de la música contemporánea en el mundo. Con confianza podemos decir que una de las primeras piedras que se pusieron para iniciar con firmeza ese recorrido fue este disco, donde una mujer notable cantó

«Como echarte flores
Si eres un jardín
Con esos olores
Me siento morir»

Nota original publicada en Zona Girante

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