Los documentales están ganando un gran espacio en nuestra lista de películas favoritas y este título es uno de esos que vale la pena ver y recomendar. La cinta que está disponible en Netflix y que esperamos esté disponible en otras plataformas, habla sobre la forma en que se está desarrollando el trabajo en las fábricas americanas.

Si alguien iba a convencer a un multimillonario industrial chino para que permitiera que un equipo de filmación independiente de EE. UU. documentara el funcionamiento interno de una antigua planta de GM en Ohio, mientras se preparaba para reabrir bajo una nueva administración, se trataría de Steven Bognar y Julia Reichert.

La pareja con sede en Dayton, Ohio, ya había documentado el cierre de la planta en una película de HBO nominada para un Oscar llamada ‘The Last Truck: Closing of a GM Plant’, y Reichert ha producido una impresionante lista de títulos sobre temas laborales, incluyendo el galardonado filme ‘Union Maids’ y ‘Seeing Red: Stories of American Communists’.


Por lo tanto, cuando uno de los propietarios chinos de la nueva planta, Fuyao, decidió que quería hacer una crónica de la reapertura, que marcaba un momento histórico en las relaciones chino-estadounidenses, los nombres de la pareja surgieron de inmediato.

“La idea original de la compañía era que ellos nos contratarían”, dice Bognar. La pareja rechazó la oferta, porque querían mantener su independencia y control editorial. Y, sin embargo, al final, agrega, “la compañía realmente nos dio acceso, acceso real”.

El presidente, Cao Dewang, fundador y director ejecutivo de Fuyao – un fabricante de vidrio cuyo jingle publicitario habla con orgullo de “sostener un mundo transparente” – aceptó los términos. El resultado de ese acuerdo de acceso sin precedentes es ‘American Factory’’, que acaba de estrenar Netflix.

La pareja comenzó a filmar de inmediato, inicialmente sin fondos, hasta que se unieron con Participant Media, los creadores de ‘Una verdad incómoda’. La película entonces atrajo la atención de Higher Ground, la productora de Barack y Michelle Obama, en el festival de cine de Sundance, convirtiéndose en su primer lanzamiento importante. Esto deleitó a Reichert, quien dice que siempre ha sido una gran fanática de Obama.

A pesar de las conexiones políticas, ‘American Factory’ no es una película partidista. Para Reichert – quien es muy consciente de que Ohio es un estado crítico – fue importante hacer una película que también atraería a los partidarios de Trump. El objetivo, en su mente, era despolarizar las cosas; crear un espacio donde las personas de ambos lados del profundamente dividido espectro político de hoy pudieran lidiar con los problemas contemporáneos de una manera considerada, desde la globalización y la automatización hasta el aumento de las demandas de productividad de los trabajadores.

Es justo decir que la película logró su cometido en este frente. Tanto los estadounidenses como los chinos, los trabajadores y la gerencia, son representados igualmente como virtuosos e imperfectos.

“Teníamos que ser neutrales”, apunta Bognar. “Si queremos ser cineastas honorables, nuestro punto de vista personal no puede ser un factor influyente”.

Parte de la honestidad se debe mucho al estilo de filmación ‘vérité’ de Reichert y Bognar. No hay locutores, personajes centrales, héroes o villanos. Un subtítulo ocasional o una toma abierta bien ubicada proporciona el contexto narrativo.

De hecho, algunos de los elementos más reveladores son los retratos excesivamente estilizados del presidente en toda la planta, las películas sobre China que se muestran en los monitores de la cafetería y el lema de inspiración gramaticalmente incorrecto en inglés – “Marchando para ser el proveedor líder mundial de vidrios para automóviles” – posicionado sobre el pasillo de la entrada.

Ahí comienza la transición neutral del optimismo inicial de la apertura, cuando se consideraba que la inversión china reviviría a la comunidad local y crearía oportunidades para trabajadores manuales, al creciente resentimiento entre la fuerza laboral estadounidense sobre la expectativa de la gerencia china de que los empleados deben trabajar celosamente y ser productivos.

Como parte del choque cultural, los chinos describen a los trabajadores estadounidenses como ineficientes o de dedos gordos. Estos se quejan de la falta de respeto a las leyes locales por parte de los primeros, un enfoque laxo con respecto a la salud y la seguridad y las horas adicionales que disminuyen el tiempo libre del fin de semana.

La neutralidad se vio reforzada por las barreras del idioma en el momento de la filmación. A menudo, Bognar y Reichert no tenían idea de lo que se estaba diciendo mientras filmaban. “Filmamos muchas reuniones en mandarín, pero no las tradujimos hasta un año después, así que no teníamos ninguna idea de lo que estaban diciendo. Y luego, cuando obtuvimos la transcripción vimos lo que realmente decían”.

En una reunión, se les dice a los trabajadores chinos que los estadounidenses no le dan gran importancia a los atuendos ni a la vestimenta. En otro, la gerencia china les dice que sus compañeros están demasiado confiados porque los niños en EE. UU. reciben demasiados elogios. Pero el meollo del drama pronto se centra no sólo en los enfrentamientos culturales, sino en la oposición de Fuyao a los intentos de los trabajadores de formar un sindicato.

Es entonces donde Bognar y Reichert se sienten más libres para editorializar, lo que refleja sus antiguas posiciones pro-sindicales. Aprendemos, por ejemplo, que Fuyao le pagó a LRI, una consultoría especialista en la prevención de la formación sindical, más de US$1 millón para evitar que los trabajadores formaran un sindicato.

Los cineastas dicen que el nombramiento de tales firmas fue claramente diseñado para confundir a las personas. Sienten que sesgó el resultado final de las elecciones, que resultó en un voto del 60% en contra de la formación sindical, porque los trabajadores se vieron obligados a asistir a reuniones en horas de trabajo donde la empresa podía adaptar su mensaje anti-sindical para convencerlos.

La oposición sindical nunca tuvo la oportunidad de capturar a su audiencia de la misma manera.

Las opiniones del presidente Cao sobre los sindicatos, mientras tanto, se exponen claramente desde el principio. “Todos ustedes conocen nuestra opinión sobre esto. No queremos ver el desarrollo de un sindicato aquí. Si tenemos un sindicato, afectará nuestra eficiencia, perjudicando así a nuestra compañía, nos creará pérdidas. Si entra un sindicato, voy a cerrar”, les asegura a sus compañeros chinos.

La ironía de la feroz oposición de una empresa china a la formación sindical y su obsesiva búsqueda de ganancias sobre cualquier cosa no se les escapa a Bognar y Reichert. Tampoco el hecho de que el primer secretario del comité del partido comunista de Fuyao en China es el cuñado del presidente Cao.

“Descubrimos repetidamente y de manera sorpresiva que los comunistas son ahora los mejores capitalistas del mundo y que todos están en el sindicato, pero se oponen a un sindicato”, deja claro Bognar.

Quizás sea difícil entender por qué los chinos no apreciaron el grado en que las inclinaciones democráticas de los cineastas y su política pro-sindical trabajarían en contra de ellos. Pero tal vez los chinos sí sabían que lo que tenían en común con los estadounidenses se haría evidente y cerraría la brecha.

Y así es. Como señala Reichert, la película permite una visión íntima de la globalización a una escala muy humana en una fábrica estadounidense. La conclusión en su mente es que los trabajadores chinos y estadounidenses en la planta de producción tienen más en común entre sí que con sus respectivos dueños y gerentes.

‘American Factory’ refleja su humanidad común. En las escenas finales, queda claro que la automatización es una amenaza universal.

En el contexto actual de guerras comerciales y proteccionismo entre EE. UU. y China, probablemente sea algo que valga la pena recordar.